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Un amigo mío solía decir siempre "las marcas que deja la vida, quedan en el rostro; las huellas que deja el amor, las leemos desde el corazón". Nunca olvidaré esa frase, así hayan pasado más de sesenta años, pues éramos nosotros tres y nadie más. Rodolfo, a quien recuerdo con la mayor de las felicidades, por quien fue, por su forma de poner sonrisas en la boca de los desesperados y melancolía a su vez, en el amargo fondo de los dichosos. Alberto, por el contrario, aunque no fue un gran hombre como Rodolfo, lo recuerdo por ser él, siempre, fiel a sus principios y a la verdad, esa mierda de tanto valor. Mis más grandes amigos viven solo en recuerdos, preciosas añoranzas de mi perdición, que a la final no ha sido más que el transcurso de una vida que aunque pareciese llena por el descubrimiento propio, fue más vacía que el corazón de un joven buchón.

En algún momento pensé que Amelia iba a ser la salvación total, noté que la felicidad no fue tenerla, la felicidad total era perderla. Extraño esa felicidad, por curiosa y poco ortodoxa que haya sido, pues para mi, la alegría eterna, la dicha del alma está en el goce de lágrimas que se suicidan, saltando, procurando morir con la violenta caída.

No quiero hablar más de esto, estoy solo y no tengo a donde ir. Espérenme, amigos, no tardaría ni un minuto más...